Niña, cómo me dueles.
Sacudes tus manitas aún sin control y degustándolas de vez en cuando para tratar de saber qué son. Y a mí me sacudes un poco por dentro,casi  imperceptiblemente. Tu piel fina y suave, tus gorjeos, tus sonrisas y pucheros son golpes de ternura.
Una ternura que sacude dentro. Eres una promesa, ya realizada y a la vez por cumplir. Un futuro enlazado a un presente… y con martilleos de pasado.
Mi niña, me dueles. Pero no es dolor amargo ni sin sentido. Estás presente, eres presente, y hablas sin ruido de palabras de una ausencia.
Te miro y no te veo sola. Me embeleso porque tienes ese poder, e intuyo otra mirada igualmente embobada. Tal vez más.
Niña, cómo estás, cómo te encuentras, qué tienes. Cómo serán tus ojos, a qué te gustará jugar, cómo será tu voz. Te gustará leer, dibujar, cantar, bailar, hacer mates, gráficas o poemas… De lo inmediato a los hilvanes de lo que vendrá, y en ocasiones todo con un ligero tinte de pensamientos de lo que hubiera sido. Esas conversaciones que ya no tendrán lugar, esos comentarios que serían verdaderas lecciones. Y otros, en cambio, que sino no se originarían.
Vas engordando y, al mismo tiempo, pesa cada vez más tu tierno presente con las incógnitas de cómo se desarrollará la promesa que eres. Y cuando lloras, cuando haces muecas de molestia o de desconcierto, atas aún más al presente.
Mi niña, me dueles. Y nos sonríes.

Deja un comentario