Se podría decir que la literatura asiática se estructura de manera circular, y en estos once relatos lo comprobamos al dejarnos conducir hacia el núcleo a la manera de un descenso por las escaleras de caracol.
Y rompió a llorar. Escuché sus sollozos y supe que no se debían al fallecimiento del parlamentario; supe que aquellas eran las lágrimas que no había derramado en la oficina de correos, aquel domingo de cinco o seis años atrás. Eran lágrimas serenas, casi silenciosas, que habían venido de improviso a visitarla, procedentes de aquel recuerdo lejano.
Cada relato se conecta con el siguiente. Los ojos encuentran ese elemento, ese hecho, ese personaje… que ha servido de hilván con el siguiente relato. O con otro posterior.
En realidad es la vida misma: ¿de qué forma se entrelazan nuestros días y circunstancias con historias de otros, encuentros casuales, incluso sin conocer nunca esa relación?
Saqué dos tazas del armario y las golpeé adrede con la puerta para armar algo de ruido: no me habría importado levantar un gran estruendo con tal de disipar el denso silencio que se había abierto paso entre vosotros. Evidentemente, no lo logré.
Ogawa va buceando hacia dentro a la par que presenta situaciones algo inverosímiles pero que el lector acepta porque sabe que se encuentra en «otra liga»: esas zanahorias que crecen en forma de manos, esa multitud de kiwis que son comidos a mordiscos, ese bolso específico para guardar un corazón… A veces juega con los juicios que nos hemos forjado para cambiar la perspectiva posteriormente en otro relato, o para completarlos…
Empezamos a descender por una rendija… El corazón humano es oscuro y profundo… hasta que se cierra el círculo.
Con su mano izquierda, sujetaba el libro, y con la derecha, pasaba las páginas produciendo un sonido sedoso que acentuaba elegantemente la lectura.
