Tom permaneció de pie, mirando. Madre era pesada, pero no gorda; ancha a fuerza de trabajo y de partos. Llevaba un vestido suelto, sin cinturón, de tela gris, que en un tiempo tuvo un estampado de flores de colores. Ahora, el estampado de flores, a fuerza de lavadas, era sólo de un gris algo más claro que el fondo. El vestido le llegaba a los tobillos y sus pies descalzos, anchos y fuertes se movían por el suelo ágilmente y con rapidez. Llevaba el pelo, fino y de color acero, recogido en un moño escaso y ralo en la nuca. Los brazos, fuertes y pecosos, estaban desnudos hasta el codo y sus manos eran rechonchas y delicadas, como las de una niña rolliza. Miró fuera a la luz del sol. Su rostro lleno no era blando; era un rostro controlado, bondadoso. Sus ojos de avellana parecían haber sufrido todas las tragedias posibles y haber remontado el dolor y el sufrimiento como si se tratara de peldaños, hasta alcanzar una calma superior y una comprensión sobrehumana. Parecía conocer, aceptar y agradecer su posición, la ciudadela de la familia, el lugar fuerte que no podría ser tomado. Y puesto que el viejo Tom y los niños no sabían del dolor o el miedo a menos que ella los reconociese, había intentado negar en ella misma el dolor y el miedo. Y ya que ellos la miraban, cuando pasaba algo jubiloso, para ver si mostraba alegría, se había acostumbrado a poder reír sin tener las condiciones adecuadas. Pero la calma era mejor que la alegría. En la imperturbabilidad se podía confiar. Y desde su posición importante y humilde en la familia había obtenido dignidad y una belleza clara y serena. De su posición de sanadora sus manos habían adquirido seguridad, firmeza y calma, desde su posición de árbitro, había llegado a ser tan remota e infalible en sus decisiones como una diosa. Parecía ser consciente de que si ella titubeara, la familia temblaría, y si ella alguna vez verdaderamente vacilara o desesperara, la familia se vendría abajo, privada de la voluntad de funcionar.

Las uvas de la ira, J. Steinbeck

Hace unos años mi madre me acercó un libro con una página señalada: era este fragmento. La página, a su vez, se la había marcado uno de mis hermanos. Por fin he leído este año Las uvas de la ira. La cita es un poco extensa, pero merece la pena leer lo que rodea a la descripción.

¿Qué puedo decir? ¿Qué añadir cuando ya más palabras sobran?

Se trata de una figura casi pétrea, firme y segura. Un asidero donde los hijos soltaban el ancla. Un canto, un elogio a una madre fuerte.

Mi propia referencia es algo distinta: cuerpo menudo, muy menudo, movimientos sutiles y casi frágiles, gestos, miradas y palabras elegantes. E igualmente firme, muy fuerte, roca. Pero no como para marcar el ánimo del entorno en una seca imperturbabilidad. No. Sino sólida y con latidos, y con sonrisas, y con enfados.

Ni siquiera con el protagonismo de un árbitro. Más lejos, casi de público para no coaccionar. Sí, serena y a la vez enérgica. Con la humanidad de quebrarse y de volver a reconstruirse. Y no sola.

Tampoco obligaba a mirar hacia un lado o en un sentido. Ella miraba, y, si querías, dirigías los ojos en esa dirección. Y podías descubrir la lejanía y profundidad de lo mirado.

¿Para qué añadir más? Aunque haga referencia a otra cosa, quien lo probó lo sabe.

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