El miedo la cubrió como el musgo a las piedras. Era como si algo o alguien se le hubiera acercado sigilosamente y ahora lo tuviera en la espalda. Se quedó allí sentada, frente al plato vacío, con un horror creciente a lo que se había colocado a su espalda. Era algo oscuro y gelatinoso, con una forma indefinida y cambiante; no tenía ojos, pero sí una boca abierta que emitía un aliento húmedo y gaseoso. Sin mirar atrás, supo que era la muerte. De repente comprendió que moriría si este matrimonio seguía adelante, en ese instante quizá o tal vez después, pero pronto. Jamás se libraría de ese espectro, de esa sombra de su propia muerte.
Sé lo que piensan de mí. Puede que no lo digan así de claro, pero piensan que soy rara. Desde que nací, siempre tan distinta a mis hermanos, tan diferente a mis padres. No me parezco a nadie, y, al parecer, todo es por los pensamientos que tuvo mi madre cuando me concibió.
Soy sensible. Veo cosas más allá. Percibo…
Las palabras se le incrustaban en la memoria como la suela de los zapatos en el barro blando, que después se secaba y se solidificaba y la huella del zapato quedaba allí para siempre. A veces tenía la sensación de que la cantidad de palabras, rostros, nombres, voces y diálogos la desbordaba, le dolía la cabeza y el peso que acarreaba le hacía perder el equilíbrio y tropezar con las mesas y las paredes. Sofia la llevaba a la cama, corría las cortinas y le daba a beber una tisana, y Lucrezia se dormía. Cuando se despertaba, notaba la cabeza como un armario recién arreglado: seguía llena, pero estaba ordenada.
Ahora sé que Alfonso, mi marido, me quiere matar. Sí, quiere acabar con mi vida. ¿El motivo? Lo desconozco. Quizá porque no me quedo embarazada, lo que hace peligrar su sucesión (he escuchado de varias personas que él no ha conseguido dejar embarazada nunca a una mujer…).
O tal vez sea porque soy de carácter difícil, y la verdad es que no soy una esposa sumisa, aunque he pactado con muchas cosas por miedo o por no entrar en conflicto. Creo que su mirada es muy profunda y sabe que, en el fondo, no me ha conquistado ni lo logrará nunca. Al principio lo veía como un hombre fuerte y tierno al mismo tiempo, hubiera podido amarle, pero empiezo a pensar que era una coraza…
De pronto se da cuenta de que hay en su interior una parte vital que jamás se doblegará. No puede evitarlo: sencillamente, es así. Y seguro que Alfonso, con esa facilidad que tiene para conocer a la gente, lo ha percibido. ¿Por qué se habría enfurecido tanto con ella sino para derrumbar las murallas de esa ciudadela, conquistarla y declararse vencedor?
Si quiere sobrevivir a este matrimonio e incluso prosperar en él, tiene que poner a buen recaudo esa parte de sí misma, separarla de Alfonso, hacerla inaccesible. La rodeará con una alta valla de espinos, como los castillos de los cuentos; pondrá a la puerta fieras de fuertes fauces y largas garras. Él no la conocerá jamás, no la verá jamás, no la alcanzará jamás. No penetrará en ella.
He descubierto lo que esconde dentro de sí. Un hombre despiadado, agresivo y dominante.
Quiere asesinarme… Lo sé. Aunque a veces dudo: ¿Cómo sería posible? Incluso ha ordenado que venga el mejor pintor con sus mejores aprendices para hacerme un retrato, pues le conté que en mi casa, en Florencia, mi familia sólo tenía un cuadro mío y a nadie le gustaba. Y pienso que no me querían tanto como para encargar más. Total, como era la rara…
Estoy posando para ellos. Halagos, palabras superficiales corren por mis oídos… Hasta que hablo con él, el aprendiz sordomudo…
Lo mira y parece que algo se materialíza en el aire, en la dirección de los ojos, que va de la una al otro y del otro a la una creando un canal casi tangible que los une. No le sorprendería que los demás lo vieran: sería de color rojo o azul, o una mezcla de ambos con matices morados, y emitiría un crujido audible. En este momento sería imposible cruzar la habitación sin quedar atrapado: el canal o la conexión entre ellos lo repelería. Ocupa su propio espacio.
El que lo rompe es Jacopo.
