Me gustan las palabras. Me gusta bajar por la mañana
a comprarlas, y elegirlas una a una, como si fueran albaricoques maduros.
Nunca se sabe qué palabras van a necesitarse a lo largo
del día. Nunca se sabe cuáles sacar en la mochila, о llevar
en la maleta, de viaje. Cuántos adjetivos -blanco, oloroso, fértil-,
cuántos verbos y cómo conjugados: te quiero, conduzco, abriendo, he estado, supuse...
Cuántos artículos indefinidos. Cuántas preposiciones.
Ya digo que me gustan las palabras...
Hace unas semanas me pasaron este poema de Gloria Fuertes. Poco después, una amiga me envió una foto de un edificio por el que pasó en su rato de running por su ciudad. Y, para acabar el proceso de elaboración de esta entrada, un día estaba hablando con otra amiga acerca de la grandeza de las pequeñas preguntas que nos salen al paso en el día día.
¿A qué tengo miedo?
¿De qué huyo?
¿Qué es la pérdida?
La incertidumbre en una relación, ¿es algo positivo o negativo?
Y entonces fue el momento de verbalizar ante la «no-respuesta»: trata de escribir, aunque de entrada no sepas qué decir, y en ese momento sabrás lo que piensas.
¡Cuántas veces no me he reconocido cuando releo algo que escribo! O lo que descubro que guardo dentro sin saberlo. O lo que mi mente relaciona encontrando conexiones que, a simple vista, no «existían» (con qué facilidad hablamos de existencia o no, como si nosotros diéramos vida, cuando en realidad muchas veces se trata de conocer o de reconocer…).
Hay algo en el acto de escribir. Y siempre es un diálogo, aunque sea con nosotros mismos. Hay algo mágico que me conduce en ocasiones a lugares insospechados, a pensamientos que quizá cambien la dirección de una conducta o una opinión. A conversaciones que horadan el alma alcanzando posiblemente algún manantial, aunque sea pequeño y aunque deje brotar escasa agua. Pero es agua al fin y al cabo.
Por eso me gustan las palabras. Me gustan las palabras escritas. Son inconformistas, rebeldes y cuestionadoras, retadoras y calmantes. Tal vez no se sepa cuáles surgirán y de cuáles echaremos mano para expresarnos. Y es que ellas aguardan con paciencia a que las desenterremos para anclarnos a la realidad que nos vive para que la vivamos nosotros.
Y es que ellas existen, y no se quejan de la espera.
