El origen misterioso de esas campanas entronca con un hecho del pasado. ¿Una leyenda o parte de la historia? Halfrid y Gunhild Hekne fueron unas hermanas siamesas y al parecer sus almas perduran de algún modo en aquel metal.
Tañen de distinta manera, y sin manos humanas de por medio. ¿Visos proféticos?
1879. Un sacerdote llega recién graduado a esa fracción de tierra noruega. Comienza a rozarse con Astrid Hekne, de una granja vecina, y no sé imaginaba que notaría cierta atracción ante aquella que le provocaba y le cuestionaba en sus ideas.
En medio de todo esto, sentía a Ida Calmeyer a una distancia remota. Cogió papel de cartas y escribió: Mi queridísima Ida.
Se quedó mirando esas tres palabras.
Que ya no eran verdad.
Él empieza a «romper» con alguna arraigada tradición del lugar, hasta que anuncia el golpe fulminante: van a venir de Alemania a «deshacer» la iglesia, su bonito templo, para transplantarla allí, y construir otra en su lugar más nueva y de mejores condiciones.
Con este fin, llega un joven arquitecto que comienza a sentarse en silencio entorno a la iglesia y a dibujar y dibujar.
Astrid le preguntó por qué no era capaz de dibujar algo que tenía delante, él respondió que debía dibujar lo que no se veía. Ella no tuvo ningún problema para comprender lo que quería decir. Quería seguir viendo cómo trabajaba, pero parecía que él se había descorazonado.
La atracción sucede: dos hombres tan distintos hacia la misma mujer. Modernidad, sensibilidad, proyectos, tradición, futuro… Todo se empieza a mezclar y a resultar confuso en ocasiones. Hasta que tiene lugar el fruto de una decisión…
Apoyada en él, le acarició el hombro y le apretó la mano con suavidad, esa mano que podía trasladar un pensamiento o una esperanza al papel. Sabía que ella tenía mayor capacidad que él para trasladar pensamientos y esperanzas a la realidad, y así siguieron sus reflexiones flotando, como nubes deslavazadas por el cielo.
Sin embargo, nada es sencillo, y menos aún en esas tierras tan duras.
Los niños dejaron de reír cuando vieron la expresión de su cara, y muy pronto también dejaron de jugar, porque sabían que quien viaja con el equipaje más ligero trae el mensaje más grave.
Era el cartero quien llegaba. Normalmente habría ido directamente al correo, pero esta vez fue hacia Hekne, porque se había fijado en una gruesa carta sellada en Leipzig, una carta con una franja negra.
Las campanas tañen. Los dueños se enlazan con los hechos. Y todo ocurre por algo.
En el cuerpo sentía esa nada oscilante y elástica que era el agua en esa noche negra. Agua negra, bajo el cielo negro, un aire negro en el que respirar. Ninguna distancia entre las cosas, él en contacto con todo.
