Hace unas semanas asistí a una sesión de meditación. Reconozco que no recuerdo el tema concreto para reflexionar, pero sé que el contexto era el hábito de pensar, de escuchar y el problema de las distracciones. Entonces, me tensé ligeramente en mi asiento en el momento en que, el que hablaba, alzó su móvil y exclamó: «¡Esto! ¡Esto es la muerte!»

Vale, sí, reaccioné así porque por forma de ser me rechina lo excesivamente radical o los modos de hablar un poco totalitarios. Sin embargo, en ese momento me quedé pensando acerca del empobrecimiento que supone ser «anti-algo», o demonizar cualquier cosa.

Poco después me vino a la cabeza la imagen del móvil como una puerta: es lo que es, un acceso a la comunicación, la información, unas ideas, infinitos recursos multimedia… Y como puerta que es, queda en tu mano decidir cuando abrirla o cerrarla, dejarla entreabierta…

La siguiente comparación va a resultar muy rudimentaria y quizá exagerada en el caso del móvil, pero ya que habló de muerte… El caso: un cuchillo de cocina. Es muy útil para abrir un paquete de fiambre, cortar una fruta o un pedazo de carne, desmenuzar una comida para llevarlo a la boca, incluso para sacar mugre de una hendidura. Y, por desgracia, puede resultar un arma mortal.

Ahí está el quid: ¿puede un objeto guardar en sí una intencionalidad? ¿Puede albergar cierta responsabilidad con respecto a los actos que se realicen con él? ¿Puede provocar, por sí solo, la dicha, la muerte o el éxito en alguien?

Por tanto, ¿tiene sentido afirmar con rotundidad que un móvil es la muerte?

Quizá alguno de vosotros esté pensando: «a ver, ahora radical eres tú porque claramente se trata de una expresión exagerada con el fin de llamar la atención y demás». Cierto. No me lo tomo como algo literal. Pero lo que no veo como algo positivo, ni realista por cierto, es denostar un instrumento de este modo porque, así me lo parece, entonces la responsabilidad de un mal acto o de una perdida de tiempo no está en uno mismo, sino en el elemento.

Así que la solución en apariencia sería desterrar cualquier avance que suponga un riesgo para nuestra integridad porque nos conduce al mal. ¿Y mi voluntad? ¿Y mi raciocinio? ¿Y mi necesidad de disfrutar de algo?

Una puerta, un cuchillo o un móvil se pueden utilizar de muchas maneras, y el resultado bueno o malo depende exclusivamente de mí.

Un inciso: no hablo de un posible caso de adicción, que entra en otra liga. Aunque antes de llegar a ella, sigue estando vigente mi inteligencia, mi voluntad y mi afectividad. Y además, una persona, una relación, puede causar adicción también… y no por sí misma es la «muerte».

Semanas después de este suceso, escuché otra sesión que invitaba a reflexionar y comentaba que los whatsapps de ahora son los intercambios epistolares de antes. Había gente que dedicaba mucho, mucho tiempo a escribir cartas para mantener un contacto, dar a conocer situaciones, etc.

Tampoco me quiero quedar en una visión ingenua y superficial del asunto, pero todo esto lo he recibido como una invitación a ser consciente de qué quiero lograr o evitar y cómo hacerlo, o de qué modo puedo gestionar las cosas que me rodean.

He visto una forma de mirar las cosas como puertas, que puedo abrir o mantener cerradas. Y me resulta una visión más realista, positiva y, sobre todo, equilibrada (o quizá prefieras utilizar la palabra templanza).

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