1984, de George Orwell

Un frío metálico comienza a recorrer mi cuerpo: inicia su conquista violenta y callada por mis ojos, hasta ocupar cada poro de la piel.

Una ficción basada en la realidad que, al aparecer tan detallada y documentada, me confunde. La conciencia de Winston comienza a rechinar ante el funcionamiento del Gobierno: La guerra es la paz… La libertad es la esclavitud… Algo no cuadra. Pero el mero hecho de pensar en un desacuerdo, o reflejar una mueca de desconcierto antes las infinitas telepantallas omnipresentes le puede costar caro… Fingir y ocultar cualquier atisbo de autonomía en la mente.

Incluso se está elaborando una lengua, la neolengua, con las mínimas palabras indispensables: un modo de impedir que los ciudadanos reflexionen; una manera de tenerlos controlados. Hasta que… una nota se desliza en su mano. La lee como puede, sin levantar sospechas en las telepantallas: Te quiero.

Se inicia una rebelión silenciosa, dirigida a salvaguardar los instintos básicos, igualmente metalizados por el Gobierno. Y al fin, se formaliza su participación en la Fraternidad: ¿libertad? ¿Lucha? ¿A toda costa?

No obstante, se alza lo irremediable… y con ello, la sensación fría y amarga me paraliza en las últimas páginas.

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