Ejercicios de estilo

Un día me regalaron este ejemplar de Raymond Queneau, y desde el primer momento atrajo mi atención: el autor parte de la narración de un breve suceso, simple, en unas 12 líneas, y realiza 99 ejercicios de estilo. Es decir, escribe de 99 maneras diferentes el mismo suceso: como si fuera un sueño, en lítotes, con sorpresas, con vacilaciones, con negatividades, con nombres propios, a través de definiciones de las palabras, en olfativo y visual, con aféresis, en comedia, como si se tratara de un interrogatorio o una propaganda editoral o una carta oficial, ¡con onomatopeyas!, etc.

Realiza juegos, cambios, desórdenes… para mostrar que “la práctica de escritura hace maestro en literatura”, al igual que un pintor: antes de decantarse por las pinceladas impresionistas, por ejemplo, ha de conocer todas las técnicas y saber emplearlas.

Curioso y divertido, disruptivo y retador… ¿Quién se atreve?

Os dejo el suceso original y una de las muestras (no los reproduzco completos):

En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él (…).

Con nombres propios:

Un Domingo de Julio, tras hacer el Job esperando el Pegaso, no me encontré allí con Soledad precisamente, sino con Máximo Robustiano, un Gil Narciso nada Calisto que llevaba el Cascorro sin Jacinta. De pronto, este Carlomagno se enfadó, Severo y Bruto, pero no Clemente ni Benigno, con un Simplicio Matusalén muy Cándido e Inocencio además de Calvino, por culpa de Cayo Pisón. Pero, tras llamarle Cornelio, decide ponerse Cómodo (…).

No puedo evitarlo… Con antónimos:

Medianoche. Llueve. Los autobuses pasan casi vacíos. Sobre el capó de un AI que viene de la Bastilla, un viejo con cabeza hundida entre los hombros que no lleva sombrero agradece a una señora situada muy lejos de él que le acaricie las manos. Después va a ponerse de pie sobre las rodillas de un señor que permanece sentado en su sitio (…).

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